El amor se ha vuelto un objeto esquivo: fue la última ráfaga en la mente de
Floreana Fabres mientras leía "Bienvenidos" en un largo letrero a todo el
ancho del camino.
El destartalado autobús cruza la entrada del pueblo y ella mira por la
ventanilla: la sorprende el brillo del azul. Floreana había olvidado
completamente el cielo.
Desciende y estira las piernas. Sobre su cuerpo pesan demasiadas horas de
carretera, sumadas al vaivén del transbordador que la trajo desde Puerto Montt
a la isla, y a los innumerables caminos de tierra por los que el bus ha
debido internarse para llegar hasta el pueblo donde se encuentra el Albergue.
Mide sus fuerzas con la maleta en una mano y la mochila sobre la espalda; sí,
piensa, me la puedo todavía. Con los ojos busca la colina anunciada:
de modo casi espectral se eleva el "Albergue", recortado sobre el
fondo del promontorio que mira al mar. El entusiasmo que el verde invernal le
produce y las ansias por llegar, la obligan a destenderse del peso de su
equipaje, y comienza animosamente el ascenso.
Absorta, avanza por la senda
polvorienta y apenas da una ojeada a la clásica iglesia de tejuelas, rodeada
de casas y boliches. Identifica solamente los rótulos inevitables en la plaza
de cualquier pueblo que merezca llamarse así, por muy alejado que esté de la
mano de Dios: Municipalidad, Escuela, Bomberos, Policlínico, Retén de Carabineros...
Empinada es la ladera que deja atrás el pueblo.
Atisban en la cima, en medio de una espesa arboleda, esa curiosa construcción
de madera a la que la fantasía ha llegado mucho antes que ella, y la excitación
le impide oír la llamada del mar, allá abajo...
Aparece de pronto un hombre, o una parodia de tal; su cuerpo encorvado se
halla cubierto de sucias lanas blancas y sus pies desnudos saltan como los de
un conejo. Con una enorme sonrisa desdentada balbucea algo incomprensible
mientras alivia a Floreana del peso de su maleta. Ella lo sigue hasta la
puerta misma del Albergue.
*Marcela Serrano*
