
Compre el "Solas" de C.Alborch, con cariño por el titulo. en general no me ha defraudado. Besitos.
...Es un poco largo. Disculpadme
Maria-Guio
Sin duda las mujeres solas atraviesan épocas más duras que otras, momentos en que vuelven los mitos y sentimos nostalgia de lo que fue o pudiera haber sido. Es normal. La sobrevaloración de la vida familiar conlleva la devaluación de las vidas construidas de otra manera. La familia ha monopolizado el cuidado, la seguridad, la confianza y la intimidad, tanto que se ha extendido la idea de que la intimidad amorosa es más fácil en el marco de las relaciones monógamas, el matrimonio o la familia.
Quizás esto sea cierto en parte, pero no siempre sucede así, porque ¿hasta qué punto podemos revelar nuestros deseos más profundos, nuestras frustraciones y temores, es decir, compartir nuestra intimidad, si no estamos seguros de la reacción de la otra persona o ésta resulta ser un desconocido?
El territorio de las mujeres ha sido siempre el de la intimidad, la vida privada, aunque no existen tratados sobre ella que comprendan bien los deseos femeninos. Curiosamente, a las mujeres nos ha interesado sobre todo la vida privada, la intimidad, pero ello no quiere decir que acreditemos grandes conocimientos en este asunto. A lo mejor resulta que nos manejamos mejor en los roles tradicionales, aunque no actúen en nuestro favor. Por ejemplo, no dominamos a la perfección los recursos emocionales y efectivos; prueba de ello es que seguimos sufriendo más que los hombres en ese terreno e, incluso, nuestros éxitos profesionales no repercuten de la misma forma en el aumento de nuestra autoestima.
Se dice que los logros y el reconocimiento no modifican un ápice el sentimiento íntimo de malestar, soledad o indefensión, incluso desarrollando actividades importantes. El trabajo personal ayuda a solventar los problemas económicos y a desarrollar cualidades como el sentido de la responsabilidad, la seriedad, la generosidad o la empatía para el trato, pero no nos hace aumentar la confianza en nosotras mismas ya que tenemos la profunda convicción de que vivimos para los otros.
Según la Biblia -« ... y tu voluntad estará sujeta a la de tu marido, y él se enseñoreará de ti...»-, seguir al hombre es la dimensión sacrificial de la femineidad, en palabras de Celia Amorós. El poder no es femenino. A las mujeres no les resulta fácil sentirse potenciadas en su identidad cuando acceden a posiciones de poder, y por ello no necesariamente ven incrementada su autoestima.
Se afirma que para las mujeres el bienestar descansa, sobre todo, en la experiencia de estar incluidas, de ser parte activa de una relación amorosa y cuidar de ella. Aquí se concentran una serie de ansiedades, temor al rechazo de los hombres, competitividad y conflictos reales derivados de las exigencias que imponen tanto la familia como el trabajo en lo que a tiempo y energía psíquica se refiere.
Siendo todo esto relativamente cierto, es decir, que la interacción entre el reconocimiento exterior y la satisfacción interna no funciona de la misma manera en los hombres y en las mujeres, me resisto a creer que nuestra digna incorporación al mundo profesional y a la vida pública no nos reporte beneficios en nuestra propia valoración, como individuos y como colectivo emergente. Seguramente lo que sucede es que no lo exteriorizamos, que no tenemos tendencia a hablar de nuestros éxitos. Como comentaba un día una amiga, siempre hablamos de nuestros problemas sentimentales, pero invertimos nuestros esfuerzos, nuestras energías y nuestra inteligencia en la esfera profesional o pública. Creo que tenía razón.
Y me pregunto, ¿estamos donde estamos porque hemos desistido de construir una relación casi perfecta, gratificante, enriquecedora, generosa y no conservadora, dado que a nuestro entender no es posible por las limitaciones de la inmensa mayoría de los hombres, o es que no sabemos hacerlo porque no acabamos de controlar el mundo de las emociones, un mundo que por otra parte se supone que es nuestro dominio, porque los mitos han calado muy hondo o porque realmente ponemos el corazón pero no la inteligencia en ello?
¿Hemos dejado realmente atrás los cuentos en los que un príncipe -un hombre idealizado- llega para salvar la vida de mujeres como Blancanieves o la Bella Durmiente, o aquellos otros, como La Cenicienta, que acentúan en la protagonista cualidades supuestamente femeninas como la docilidad, la laboriosidad, la renuncia o la entrega en silencio? No encontramos en ellos ninguna muestra de rebelión, ni siquiera en defensa de los propios y legítimos derechos, y de esta manera lo que trasmiten es un comportamiento de sumisión.
En la actualidad, muchas mujeres creen haber dejado atrás estos modelos, pero no resulta tan fácil desembarazarse de ellos. Pueden volver una y otra vez bajo los más diferentes disfraces. Con frecuencia la situación se repite y entonces la mujer, que se siente contenta, reconocida y segura en su trabajo, se desdibuja cuando está junto a su hombre. Según Graciela Moreschi, la razón por la que muchas mujeres quedan unidas a dichos modelos es que a la fuerte carga atávica que llevan se suma una sociedad favorecedora de patologías narcisistas. Como es sabido, al sucumbir al amor la verdadera mujer se ve obligada -siguiendo la metáfora- a romper su espejo, a renunciar a su identidad y a ser absorbida espiritualmente por el hombre. Y dado que el mundo moderno crea numerosas inseguridades, a partir de ese sentimiento de temor a no ser aceptada, se inicia tal relación narcisista. Así pues, a pesar de los avances trascendentales de las últimas décadas no acaban de quedarse atrás los cuentos, no nos desprendemos de los vínculos de dependencia.
Debemos también tener presente que las mujeres a las que nos referimos han interiorizado una serie de mitos como consecuencia del adoctrinamiento a que han sido sometidas. Resulta difícil combatir al «enemigo» si se ha instalado en nuestro cerebro; de ahí las dudas más o menos frecuentes sobre la validez de nuestra experiencia y las tentaciones de volver a intentarlo. Queremos compartir cosas con nuestra pareja, momentos de tensión y de dolor, sentir placer juntos, ofrecer y recibir ayuda y estímulo, pero encontramos bastantes obstáculos para que ello pueda producirse y sobre todo mantenerse.
En pocas palabras, nos enseñaron que el matrimonio es y debería ser el sueño de toda mujer; la familia tradicional, su estado ideal y satisfactorio; y, tener hijos, no sólo un destino marcado por nuestra biología, sino un deber cuyo cumplimiento se verá convenientemente recompensado. Una mujer, pues, no se realiza si no es madre. Una mujer sin pareja es irremediablemente infeliz y socialmente no cumple con su misión.
En consecuencia -continúa el mensaje-, a las mujeres les es inherente la abnegación, el sacrificio e, incluso, el olvido de sí mismas, en tanto que cuidadoras y proveedoras de los afectos y responsables del buen funcionamiento de la familia. Sin duda hay y ha habido mujeres que encuentran su felicidad cumpliendo con este destino, pero la felicidad no puede ser impuesta y no tiene por qué conducirnos a ella un camino único.
Lo que con el transcurso del tiempo se ha generado en muchas mujeres, aunque afortunadamente cada vez menos, es la autocompasión, la actitud pasiva ante la propia existencia, el abandono del sentido de identidad la disposición a prescindir de las ideas propias o a no manifestarlas por el bien de todos. Sin embargo, las pequeñas venganzas son bastante frecuentes y llegan a formar parte de nuestra cotidianeidad.
Muchas mujeres se han dado cuenta que sin un esfuerzo continuo y deliberado para transformar las estructuras tradicionales, ambos sexos retornan fácilmente a sus roles tradicionales. Las mujeres, como hemos dicho, siguen cuidando el mundo de los afectos, manteniendo el hogar, aspirando a establecer una comunicación sincera con los hombres, no basada en la dominación, ni en la guerra de los sexos ni en la reivindicación permanente. Y aquellas que han descubierto que quedarse solas es mejor que involucrarse en relaciones amorosas destructivas o poco gratificantes, usan su tiempo en su propio desarrollo, comparten su intimidad con amigos y compañeros que les proporcionan estabilidad -con o sin relación sexual o amorosa de por medio-, y todo ello les permite fortalecerse a si mismas, autoafianzarse, lo que a su vez redundará en mayores posibilidades de establecer otras relaciones más satisfactorias.
Hay que buscar la libertad, desprenderse de la dependencia para ser capaces de pactar, si no los términos del amor, al menos los de la relación. Lo malo es que muchos hombres no están preparados ni dispuestos a acompañarnos, no reconocen el esfuerzo que se necesita para mantener un vínculo honesto y satisfactorio. Cuidar una relación para que sobreviva resulta más fácil y probable cuando se ha controlado la propia supervivencia y no se está esperando la salvación a través del amor romántico. En esta tarea han de trabajar ambos sexos, que necesitan aprender cómo mantenerse en contacto con sus emociones y, también, descubrir cuáles son las exigencias de la seducción.
Así pues, en las mujeres habría que fomentar su independencia y en los hombres, su capacidad para asumir una interdependencia madura y equilibrada, sin anhelos de fusión permanente porque somos completos, si no más bien con la firme voluntad común de alcanzar la mayor plenitud posible.
Por su parte, en la cultura oficial el hombre ha sido considerado siempre como un premio para la mujer, como su mejor posibilidad de supervivencia. En consecuencia, las mujeres debíamos adaptarnos y aprender a ser menos exigentes. Pero el problema reside en que nosotras nos sentimos capaces de compartir y, además, tenemos el recuerdo de algunos momentos de plenitud en nuestras relaciones, cuando casi lo único que nos preocupaba era su duración. En efecto, el enamoramiento, esa especie de sueño, ejerce sobre nosotras una atracción casi irresistible; ser elegida y mantener un vínculo amoroso es una situación muy gratificante.
Las mujeres y los hombres que han podido crear y mantener un matrimonio o una relación estable satisfactoria se sienten generalmente felices; viven juntos de manera placentera y están decididos a superar los problemas, tratando de mantener la ilusión y los niveles de seducción del principio. Según Frangoise Giroud, una pareja feliz es «una voluntad común de alcanzar la felicidad». Es el producto de un cuidado extremo por parte de ambos miembros de la pareja; una obra nunca acabada. Pero cuando no resulta posible alcanzar esta situación ideal, cuando estos sueños no se llegan a realizar o se frustran por cualquier circunstancia, debemos pensar en cómo lograr nuestra propia plenitud.
Pero también es cierto que muchas mujeres han optado por tomar sus propias decisiones asumiendo la responsabilidad sobre su existencia, valorando positivamente su autonomía, efectuando un cambio profundo de actitud, pensando en lo que realmente desean y teniendo en cuenta las limitaciones existentes, los obstáculos que impiden nuestra aproximación a la felicidad. Hoy estamos viviendo un momento complejo de transición. Y si somos capaces de resolver la problemática que se nos presenta cotidianamente, aceptar el desafío y pactar, las relaciones de las futuras generaciones se transformarán y mejorarán porque habrá seres humanos más libres, más iguales y más plurales.
(Solas). Carmen Alborch.
¿Y qué decir de los relatos de caballería, en los que el rey otorga la mano de su hija a aquel que se destaque por su inteligencia o valor, como si se tratara de un trofeo, de un objeto codiciado? En ninguno de los dos modelos la mujer es tomada como un ser completo, total, valioso por sí mismo, ni la propuesta de pareja que se hace en ellos muestra una madura interdependencia. (Por cierto, siempre me he preguntado por qué, en lugar de batirse en duelo, no le preguntan a la dama de turno su opinión.)
